Todo empieza.
Todo
empieza con una emoción desbordante. Con esas ganas de crear, realizar o interpretar sueños; al
menos eso por parte del arquitecto. En cuanto al cliente, bueno el cliente
piensa en cuanto le saldrá, en que su compadre albañil lo puede hacer mejor y más
barato , y en el sueño de no hacer solo una casa sino la de los sueños, la que
está llena de maravillas, de materiales brillantes y caros e irónicamente que este dentro siempre de sus
posibilidades económicas.
El
problema es que no suele terminar de la misma forma. En muchas ocasiones el
arquitecto termina cansado, fastidiado, con dolor de cabeza y decepcionado de
no poder llevar a buen puerto sus ideas. Por otro lado el cliente suele
terminar enojado, desesperado y sabiendo que debió de haber contratado a su compadre albañil para
que el realizara la casa de sus sueños.
Y
es que todo radica en que como
arquitectos no solemos dar soluciones reales al cliente, no sabemos ser
sinceros a la hora de decirles que sus sueños tendrán que ser más realistas,
porque la economía no alcanza para el mármol, pero si para el perón, que los
muros no podrán tener cantera, pero el tabique puede ser expuesto y que a pesar
de no tener acabados de pasta se tiene una obra de gran calidad.
También
como clientes deberán entender que los sueños cuestan y mucho, pero también que
existen soluciones extraordinarias a bajo costo, tienen que aprender a confiar
en la perspicacia del arquitecto, en el conocimiento que tiene este para
valorar el espacio, porque después de todo ellos son los que vivirán ahí y si
no confían es posible que con el tiempo ese espacio no satisfaga la necesidad
de habitar en el.

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